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Sábado, 24 de Julio de 2010 14:07

Por Saúl Posada

Como le consta al lector, el denominado “culto a la personalidad”, representa generalmente una actitud de sumisión, servilismo y obsecuencia, que segmentos relevantes de los pueblos se han manifestado frente a los dictadores que registra la Historia de la Humanidad. Y sin perjuicio de admitir que en todas las épocas y con diferentes signos ideológicos, esos diabólicos personajes han dejado sus huellas pobladas de infamias e injusticias, resulta difícil admitir que alguien haya superado en la siniestra carrera por el poder, al líder del nazismo Adolfo Hiltler.

Alterando el trazo de estas reflexiones - con la finalidad de incursionar en la idiosincrasia de la gente común, anónima y sin protagonismo – comprobamos que el “culto a la personalidad” tiene sus raíces en las primitivas sociedades, ya que las comunidades que se fueron estableciendo a través de tiempos inmemoriales, sintieron la necesidad de tener un conductor o guía, para tomar las grandes decisiones y construir el rumbo más conveniente. Ello ha determinado que el fenómeno del personalismo, proveniente del comportamiento humano  y del debilitamiento del yo colectivo, ha tenido una permanente vigencia en todos los sistemas políticos, acompañada de un vasto espectro de matices, al margen de calendarios, territorios, culturas, lenguas o clases sociales.

En lo que atañe a nuestro país, la historia nos dice que el personalismo se ha distinguido  especialmente en el área electoral, donde la egolatría se ha visto alimentada por el horizonte de adhesiones, que el “caudillo” concita en el tratamiento o conducción de los asuntos públicos. Y añade que siempre y en todas las latitudes, los seres humanos han tenido la necesidad de creer en algo o en alguien, como asimismo de contar con un líder, para encarar los complejos problemas que involucran a todos.

Razones de buen sentido o de lógica elemental, nos aconsejan que esa necesidad, compulsión o deseo debe ser racionalmente administrada, a efectos de que la adhesión por el circunstancial guía ideológico, espiritual, sindical o de cualquier otra naturaleza, no rebase la frontera que ha de conducirnos a deformar nuestra propia autoestima y la libertad de fortalecer la conciencia crítica. En otras palabras tenemos que tener cuidado de no crear un dios o un mito en torno a la figura del conductor, creyendo que todo lo que hace o decide es inequívocamente perfecto.

Cuando la persona opta por tener un profeta contemporáneo de carne y hueso, se hace fácilmente sugestionable por los conceptos que aquél predica – cuyo comportamiento nunca puede ser cuestionado – en virtud de que su talento y sabiduría, lo libera o lo pone a cubierto de incurrir en errores. En este contexto, el “culto a la personalidad” se profundiza, ya que la autonomía individual sometida psicológicamente al ser idealizado, lo condena a perder la facultad de discernir libremente.

Fuente: Acción Informativa

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