Por Cley Espínosa
Hace un par de semanas, el 15 de febrero del corriente, asumieron tres diputados por Tacuarembó, en el nuevo parlamento nacional. Como corresponde, deseamos una buena gestión a los mismos, sin que esto nos impida alguna sencilla observación respecto de anteriores gestiones.
Teniendo en cuenta que la principal tarea de un diputado es la de legislar (hacer leyes), llama la atención lo poco que se habla en las campañas electorales previas, referido a esta tarea. Uno cree que los periodistas locales deberían preguntarle a los candidatos a diputado: Sr. Fulano, ¿qué proyectos de ley piensa impulsar usted si llega al parlamento?; Dra. Mengana, ¿en qué área temática trabajaría? Pero no, esto no suele suceder. Es más, si se lo preguntaran a algún candidato lo pondrían en un apuro, y la realidad es que deberían pedir el voto para ser buenos legisladores. La de legislador es la función que les otorga la constitución.
Hay otra tarea que realizan los diputados, de raigambre política, pero que no tiene base legal ni constitucional, y es la de ser una suerte de gestores (mover papeles, trámites, conseguir entrevistas, etc.)
Tradicionalmente eso es lo que mejor han hecho los diputados de Tacuarembó, hay que reconocerlo.
Para un diputado del interior, tan alejado de la capital en varios sentidos, está bien que el diputado ayude a la gente del pueblo, en sus gestiones en la capital, pero uno tiende a considerar que se espera más de un representante nacional.
Nuestros diputados locales no tienen presencia en el parlamento, no son los que vemos en los informativos nacionales, debatiendo la conveniencia o no de tal o cual proyecto de ley, no tienen liderazgo. Si al parlamento hipotéticamente lo consideráramos un aula de clase, nuestros diputados son los alumnos burros del mismo. No aparecen ni en las fi lmaciones de las sesiones. No resaltan en ningún sentido, ni siquiera por decir disparates.
Quizá no sean alumnos burros, sino esos tímidos que pasan desapercibidos. Cuando a alguno se lo nombró presidente de la cámara, seguramente fue, no tanto por su prolífica actividad legislativa, sino el resultado de un acuerdo político, por su simpatía, o porque no le cae demasiado mal a nadie.
¡Vaya si hay áreas en las qué trabajar! En esta columna trataremos de ir haciendo aportes en ese sentido, acercando ideas, esperando que nuestros diputados, que si bien no son abogados (ni tienen por qué serlo) se asesoren, y puedan realizar una buena gestión como legisladores, en la convicción de que como gestores no tengo dudas lo harán bien.
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