Domingo 20 de Mayo, 2012
Texto mas pequeño Texto mas grande
DelTacua.com.uy
Domingo, 10 de Enero de 2010 00:26

Entrevista de Eduard Punset con Thomas Joiner, psicólogo de la Florida State University. Nueva York, 5 de octubre del 2009.

No tengas miedo a la vida, piensa que vale la pena vivirla y

creer esto te ayudará a que se haga realidad

                                                                                                    William James

 

Eduard Punset - Ya abordaremos después qué significa exactamente un millón de muertes por suicidio en el mundo, si es mucho o poco, pero lo que me parece fascinante de tu discurso es que más del 40% de la gente que ha perdido a un ser querido porque se ha suicidado, mentiría sobre ello. Así que no sólo no se sabe nada sobre el tema sino que, todavía peor, se miente. Es curioso, ¿no? ¿Por qué, Thomas?

 

Thomas Joiner - Si le preguntas a la gente te dirán que ha muerto de un ataque al corazón o en un accidente de tráfico y ocultarán que la causa de la muerte ha sido el suicidio. ¿Por qué lo hacen? Creo que tiene que ver con el estigma. Los trastornos mentales y las conductas suicidas son enfermedades muy estigmatizadas. En gran parte, se debe a la ignorancia y también al miedo, aunque en realidad no hay ninguna razón que justifique estigmatizar estas enfermedades: son reales, se trata de dolencias basadas en pruebas médicas, tienen un origen biológico y, en ese sentido, se parecen bastante al cáncer, a las enfermedades cardíacas o a las embolias, que no están estigmatizadas pero, en cambio, el suicidio sí. Debido a ese estigma, la gente se siente empujada a ocultar la causa del fallecimiento de sus seres queridos.

E.P.- De modo que si pensamos en las causas, primero podríamos pensar en la biología, ya sea los genes o… Quiero decir, ¿en qué sentido la biología es responsable de los suicidios?

T. J.- Bueno, empecemos por los genes. No cabe ninguna duda de que existe una contribución genética. Aproximadamente un 40% de los casos tienen una causa genética. Así que al menos en parte se trata de un fenómeno genético y, por consiguiente, biológico. Asimismo, hoy en día sabemos que existen unos genes candidatos específicos que probablemente también tienen mucho que ver. A mí me parece fascinante. Si pensamos en algo tan complicado a nivel conductual como el suicidio, vemos que intervienen distintos sistemas pero parece que los genes más implicados son los correspondientes al sistema del neurotransmisor serotonina.

E. P. - No me sorprende que algo que va directamente en contra de un instinto básico como es la conservación de la vida también tenga una base anatómica o mental, ¿no?

T. J. - En ese sentido, uno de los aspectos más novedosos de mi trabajo es explicar cómo muy pocas personas son capaces de vencer su apego a la auto-conservación, es decir, que ya no tienen miedo de aquello que aterroriza a la mayoría de la gente, a saber, la muerte, el dolor o las lesiones. De modo que una parte importante de mi trabajo consiste en explicar cómo ocurre esto y sobre todo por qué hay gente deseando que suceda.

E. P. - Me gustaría poner uno de tus ejemplos. Es el caso de una persona que estaba en la cárcel, un recluso del corredor de la muerte, pendiente de ser ejecutado. Se le condenó a muerte porque había asesinado a su compañero de celda, o a otra persona en la cárcel, y cuando se le entrevistó, dijo claramente y sin tapujos: “Maté para ser ejecutado porque yo no me atrevía a suicidarme.” Realmente es muy fuerte esta necesidad de salvar la vida…

T. J.-  Así es, aunque ese hombre tenía un largo historial criminal, así que hay que tomar sus palabras con pinzas… Pero sin embargo, lo que dijo es que tenía demasiado miedo como para suicidarse pero, en cambio, no temía matar a otras personas. Con independencia de la credibilidad que le otorguemos, lo que prueba es que tener la intención de suicidarse es algo muy sobrecogedor y aterrador, así que para ser capaces de llevarlo a cabo, es necesario tener acumulada una cierta dosis de temeridad o, al menos, de valentía ante el dolor corporal, las lesiones e incluso la propia muerte.

E. P. - Parece, según tus investigaciones y declaraciones, algo que has publicado en este libro maravilloso: ¿Por qué se suicida la gente? que, realmente, hay que aprender a autolesionarse, hay que aprender a quitarse la vida. Lo primero, según comentabas antes, es que hay que perder el miedo o pánico a la muerte pero lo segundo es que tenemos que aprender a quitarnos la vida. ¿Cómo podemos aprender esto?

T. J. - Es un proceso similar. Hay una curva de aprendizaje, digamos…

E. P. -  Así es…

T. J. - En cuanto al método. Descubrimos que las personas que se acaban suicidando generalmente le han dado vueltas durante meses y a veces años al método que utilizarán para quitarse la vida. Al menos mentalmente, se van acostumbrando a la idea de pensar en los problemas que pueden surgir y aprenden. Al menos lo hacen mentalmente, pero otros también pasan a la acción y acaban haciendo cosas que no les matarán, pero que empezará a darles pistas sobre el método, el dolor y el miedo. Y cuando evolucione su verdadero deseo de morir, esa combinación de personalidad temeraria y deseo sincero de morir…, dicha combinación es la que acabará llevando a un suicidio mortal.

E. P. - En algún lugar mencionas que cada año mueren en EEUU 80 personas atravesadas por un relámpago, increíble, ¿no? Sí, pero cada día se suicidan en EEUU 80 personas. No vamos a analizar ahora si se trata de muchas o pocas pero el caso es que los relámpagos provocan 80 muertes cada año y lo sabemos todo sobre los relámpagos, sabemos que tenemos que correr a refugiarnos bajo un pararrayos, es increíble pero no sabemos nada sobre el suicidio y no se hace nada para evitarlo. ¿Por qué ocurre eso Thomas?

T J. - Bueno, es muy desesperante para un profesional de este campo, como yo mismo, o si has perdido a un familiar en esas circunstancias…

E. P. - Algo que te ha pasado.

T. J. - Sí, me ha ocurrido. Sea cual sea el punto de vista, es desesperante ver que se hace tan poco. Antes he mencionado el estigma. Se puede pensar en el estigma como en la combinación de miedo e ignorancia. En el caso de los rayos, hemos perdido la ignorancia; todavía les tenemos miedo, y así debe ser porque son letales, pero hemos perdido la ignorancia. Podemos retener el miedo y a pesar de ello entenderlo y tenerle respeto. Es lo mismo que habría que hacer con los suicidios. Habría que seguir teniéndoles miedo porque son agónicos, deprimentes y espantosos, pero tenemos que librarnos de la ignorancia que los rodea y de eso trata mi trabajo.

E. P. - Permíteme que te pregunte, permíteme que le explique un poco a nuestra audiencia qué hay detrás de tu profesión, esa lucha contra el suicidio. No hemos mencionado la soledad, la vida solitaria como una de las razones del suicidio. Creo que Durkheim fue el primer teórico que dijo algo así como que era un trastorno social.

T. J. - Clasificó todos los suicidios en cuatro sub-tipos en función de si se habían producido disturbios sociales, de si la persona estaba desconectada de la sociedad o, al revés, excesivamente enganchada a la misma, etc. Uno de los sub-tipos lo denominó “suicidio altruista”, la idea de que alguien se suicidaba por el bienestar de los demás. Hay algo de válido en esa teoría, incluso la he incorporado en mi modelo con el nombre de “percepción del sentimiento de carga”. Consiste en que algunas personas piensen que, desde el punto de vista de la colectividad, valen más muertas que vivas. Ya puedes imaginarte que si tienes esa idea en la cabeza y realmente crees que es cierto, te puede llegar a inducir a un comportamiento suicida.

E. P.-  Hablas mucho de Edwin Schneidman. La base de su teoría… ¿cuáles son sus argumentos para explicar el suicidio?

T. J.- El Doctor Schneidman se refería a un tipo de dolor, a un dolor psicológico tan profundo e inmutable que una persona haría cualquier cosa para huir de él, incluso suicidarse. Lo que yo he intentado hacer es ir un poco más al fondo del asunto y explicar qué es exactamente lo que provoca el sufrimiento de la gente. Ya hemos mencionado las dos causas principales del dolor, “la percepción del sentimiento de carga” y la soledad. Cuando se desarrollan ambos sentimientos al mismo tiempo, es cuando surge el deseo profundo de la muerte. Pero si volvemos al tema de la ausencia de miedo, mucha gente tiene ese deseo pero, a pesar de todo, no puede actuar sobre él porque están muy asustados. Sólo la gente que no tiene miedo es la que acaba suicidándose.

E. P. - Realmente cuando uno lee tus libros o tus investigaciones, llega a la conclusión de que la sociedad es muy importante, quiero decir, que la gente sola se siente perdida.

T. J. - Como especie somos criaturas muy gregarias, nos necesitamos, es lo que explica las conexiones cerebrales. Necesitamos estimulación social y si no la obtenemos, nuestros cerebros empiezan a fallar.

E. P. -Sabemos que los hombres se suicidan cuatro veces más que las mujeres. Pero, ¿quién más se suicida? ¿Gente muy joven? ¿Gente muy mayor? Sabemos que lo hace la gente sola pero, ¿quién más se suicida?

T. J. - En lo que respecta a la edad, en los Estados Unidos al menos, la mayoría piensa que se trata de un fenómeno adolescente, de un fenómeno juvenil, porque eso es lo que venden los medios de comunicación pero la realidad demuestra lo contrario. El índice de suicidios es muy superior entre la gente mayor que entre los jóvenes. Y también creo que se debe al hecho de que sentimientos como el de creerse una carga, sentirse solo e incluso no tener miedo al dolor corporal, estos sentimientos son mucho más comunes entre la gente mayor que entre los jóvenes.

E. P. -¿Y por qué los hombres se suicidan más? ¿Están acostumbrados a matar?

T. J. - Creo que está muy relacionado con el hecho de que la experiencia masculina típica tiene mucho que ver con el dolor y las lesiones e incluso con la muerte. Por ejemplo, en este país muchos chicos, yo mismo, crecimos jugando al fútbol americano. Es un deporte muy físico. Es frecuente salir lesionado. Acostumbrarse a las lesiones forma parte del juego. Y hay otras cosas como el boxeo y el servicio militar que son mucho más comunes en hombres que en mujeres, aunque esto está cambiando en cierto modo. Todo esto hace que los hombres vivan experiencias en las que se familiarizan más con el dolor físico y las heridas que las mujeres.

E. P.- Déjame que te formule una proposición que podría contradecir lo que prueban tus investigaciones: No se puede hacer nada al respecto. Se trata de un fenómeno evolutivo. Y existe el suicidio incluso en el resto de las especies. ¿Verdadero o falso?

T. J. - Puede haber otras formas de suicidio en alguna otra especie animal, en insectos y en otras especies… Es cierto. Depende de lo que entiendas por suicidio pero si te refieres a una muerte intencionada auto-infligida, se da en toda la naturaleza. Veamos, en los Estados Unidos por ejemplo, las hormigas de fuego vuelan en primavera. Las hormigas de fuego son endémicas en el Sur del país y se llaman así porque son rojas y sus picaduras son dolorosísimas. Salen en primavera, se aparean en el aire sólo una vez y luego las hembras se establecen en tierra para convertirse en reinas. Pero no es una historia de igualdad de género porque los machos mueren durante el propio apareamiento. Todos. Es una misión suicida en toda regla. ¿Y por qué lo hacen?

E. P.- ¿Por qué?

T. J.-  Porque están programados genéticamente: desde el punto de vista genético y mediante un cálculo aproximado, serán más útiles muertos que vivos ya que una hembra que tenga éxito podrá engendrar hasta siete millones de hormigas de fuego. Lo mismo ocurre en el resto de la naturaleza. Por supuesto se trata de algo genético, no hay nada de reflexivo en las hormigas, pero lo interesante del caso es que esta misma lógica genética se reproduce en miles de insectos: para mis genes soy más útil muerto que vivo. Es lo mismo que piensa ese hombre que está solo en casa, con la pistola con la que se va a pegar un tiro entre las manos: “para mi familia, para mis amigos, para la sociedad, mi muerte vale más que mi vida”. Así piensa también el terrorista suicida: “para mi sociedad, valgo más muerto que vivo”. Todos estos actos comparten elementos de suicidio. Me gustaría volver a lo de antes: en tu pregunta de verdadero o falso me has preguntado si se puede hacer algo, quiero contestar que ¡por supuesto que sí! Y la razón por la que estoy tan seguro tiene que ver con lo que se llama la “restricción de medios”, es decir, limitar el acceso a un medio letal. Por ejemplo un puente. Si construyes una barrera en ese puente del que mucha gente se arroja hacia la muerte, desciende el número de muertes. Por ejemplo, aquí en Nueva York, hay un hotel donde cada año se registraban cinco muertes en el patio interior. En un año, hubo cinco o seis casos de personas que se tiraron para suicidarse. Esto ocurría antes de que pusieran una barrera, una barrera estética y disimulada pero una barrera a fin de cuentas, así que era imposible saltar desde allí. Desde entonces no han tenido ningún caso de suicidio. Algunos seguramente dirán que los que quieren suicidarse y no pueden hacerlo allí irán a otro sitio a intentarlo.

E. P.- No.

T. J. - Pues no, no lo hacen. Una vez logras evitar que una persona con una clara intención suicida salte hacia la muerte, parece que en su mente logras invertir la balanza inclinándola hacia la vida. Hay estudios muy buenos que han llevado a cabo un seguimiento de suicidas en el Golden Bridge de San Francisco, personas con la intención de saltar pero que se evitó que lo hicieran. Se les hizo un seguimiento durante años o incluso décadas y más del 95% todavía estaban vivos. De modo que la restricción de medios funciona, restringir el acceso a medios letales previene los suicidios. Así que hay cosas que se pueden hacer para salvarles la vida a los suicidas.

E. P.-  Es increíble porque tus palabras nos recuerdan que a veces nos enfrentamos a problemas descomunales, tragedias, y la solución consiste en fijarse en las cosas pequeñas.

T. J.- Tienes mucha razón. Otra prueba nos remite a lo que decíamos antes: la necesidad del contacto humano, el que nos necesitemos unos a otros. Uno de los mejores estudios y, lamentablemente uno de los escasos estudios en la materia, que muestra los efectos de todo esto para los suicidas fue el llamado “Estudio de las cartas afectuosas”. En pocas palabras, lo que se hizo fue distribuir a los pacientes en dos grupos: uno de control, y el otro, un grupo que estuvo recibiendo, de vez en cuando en su buzón de correo electrónico, cartas donde se les preguntaba por su estado de salud y de ánimo. Lo único que decía la carta era: “Pensamos en ti, esperamos que estés bien. Estamos aquí si nos necesitas. Firmado: Doctor Bargh.” Ésta fue la única diferencia entre los dos grupos. Sin embargo, en términos de índice de suicidios, los que recibieron la carta registraron un índice de suicidios muy inferior a los del grupo de control. Así que, ante un hecho tan generalizado y doloroso como el suicidio, una simple carta afectuosa interesándose por ellos fue suficiente para que las cosas fueran distintas para unos y otros. Se trata de otro ejemplo de cómo una acción modesta, de sentido común, no muy complicada científicamente, puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte.

Fuente: Acción Informativa Nº 243 - 8 al 14 enero 2010

Escribir un comentario

Código de seguridad
Refescar

Cotización

  Compra Venta
   Dolar 19.95 20.45
   Peso Argentino 3.40 4.40
   Real 9.30 10.80
   Euro 24.95 26.35

Encuesta

¿Que te parece el nuevo diseño de DelTacua?

Visitantes

0000118126
HoyHoy55
AyerAyer144
Esta semanaEsta semana942
Este mesEste mes2763
TotalTotal118126

Usuarios Online


Tenemos 1 invitado conectado(s)

DelTacua.com.uy (v2.0) • Todos los derechos reservados
Tacuarembó-Uruguay • Tel: 463 203 99