Esos antecedentes y experiencias suelen haber sido realizados por gente rigurosa, tanto en lo que se refiere a la investigación como a la producción. No es sensato no tenerlos en cuenta. Con frecuencia somos ingratos con ellos y solemos estar mejor dispuestos a escuchar opiniones extrañas. Me pregunto ¿por qué los neozelandeces o los argentinos habrán de resolver mejor la manera de producir en Uruguay? En este sentido recuerdo a Rosengurtt, que con ironía decía: “los tecnócratas de la FAO, que comen bistec en los hoteles de cinco estrellas y nos vienen a decir lo que tenemos que hacer”.
Veamos la nueva agricultura. Se apoya en la siembra directa y la soja resistente al glifosato. Sin duda viene con la seducción de lo simple. Yo diría excesivamente simple.
Seguí la historia desde las 10.000 Hás. desde hace apenas 10 años. Trabajaba en una empresa cuyo fuerte en Uruguay era el maíz. Como había hecho la tesis en soja pedí para trabajar en ese cultivo y me dijeron que no, que había que trabajar sobre todos los cultivos, lo cual significaba que la soja no era importante. Esa empresa es Nidera.
Después me pidieron que pensara hacia donde se podría expandir el cultivo y qué superficie podría abarcar. En ese momento fue que advertí que el cultivo que había tenido el máximo de área había sido el trigo con 800.000 Hás. en 1956. Se me ocurrió pensar que era imposible que se llegara a una superficie de ese orden en soja, pero se está próximo a ella. La simplicidad, la adaptación a la siembra directa, la resistencia al glifosato y la gran demanda china, son algunos de los factores que desequilibran la composición de cultivos de la agricultura actual.
La soja oficia de ángel y demonio. Por un lado es un cultivo rentable y dada su inserción en el mercado mundial tiene formas de comercialización previsibles y amortiguadoras del riesgo a través del mercado de futuros. También es un cultivo versátil que puede tener buenos rendimientos en muchos ambientes. La soja es originaria de Asia en lugares de fertilidad baja, por lo tanto es buena pobre.
Por otro lado, su rastrojo no protege al suelo y su extracción de nutrientes es alta. Tomando en cuenta estos dos aspectos, es imperioso insertar a la soja en un sistema que permita captar sus beneficios y paliar sus problemas. Es importante meterse en la cabeza que la soja no es la mala ni son malos los que la cultivan. Pensar que lo son, que quieren el mal colectivo y el beneficio propio, es un pésimo punto de partida para razonar con lucidez. Además de ser un mal punto de partida es una forma maniquea y tonta de pensar.
Lo lógico es plantearse el problema desde su base y para ello hay que contestar la pregunta fundamental: ¿Uruguay es un país agrícola?
No sé cómo se define un país agrícola, pero me cuestiono la aptitud sin restricciones de un país con:
- lluvias muy variables
- períodos de sequía
- períodos de excesos hídricos
- capacidad de almacenaje de agua en el suelo limitada
- pendientes fuertes
- fertilidad natural media
- variabilidad alta de suelos en poca superficie
¿Es viable la agricultura con estas limitantes? Sin duda lo es, siempre y cuando sepamos dónde y cómo hacerlo. En este punto es que debe intervenir fuertemente el conocimiento vernáculo por dos razones:
1. porque los que conocemos el país somos nosotros y
2. porque es nuestra Patria.
La palabra Patria es una palabra difícil y quiero que se interprete en el sentido correcto. No va dicha en un sentido xenófobo, al contrario. Uruguay siempre ha sido tierra de promisión y de inclusión; siempre hemos tenido la capacidad de que los extranjeros no se sientan tales. Por lo tanto bienvenido el que viene a trabajar y a traer su conocimiento. Éste debe ser adoptado, pero antes adaptado y combinado con lo que ya sabemos. No se empieza de cero, ni nadie va a venir con la solución mágica.
La segunda pregunta que se me ocurre es por qué hacer agricultura y la respuesta es porque es un buen negocio, genera trabajo e inversión, moviliza al comercio, genera actividad en el interior, genera cultura de trabajo, actualiza la tecnología, motiva la investigación y genera independencia. Muchas cosas buenas y necesarias para crear prosperidad.
Me parece que tenemos que pensar en qué agricultura hacer. Se me ocurre que contribuir a la chacra global no debería ser el objetivo. Si lo fuera sería admitir que la civilización está condenada, que no hay más remedio que atacar cuanto ecosistema esté disponible para pasarlo a producir comida y por lo tanto Malthus habría ganado la partida. Paradójicamente la alimentación de los que tienen hambre no se arregla solamente con comida; se arregla con comida y equidad. La agricultura tecnificada se hace para hacer dinero y no se piensa nunca primero en quien tiene hambre.
Yo creo que los actores de la economía que tienen su racionalidad centrada en el lucro, no pueden ver la necesidad de otras racionalidades más racionales y necesarias que el dinero. Para ellos rentabilidad y “sustentabilidad” son términos contradictorios y tienen razón.
El enfoque inteligente no parece ser la intensificación irracional del uso de los recursos ni el enfoque productivista. La orientación debería apuntar a conjugar rentabilidad, manejo del riesgo, conservación de recursos naturales de los que vivimos y respeto por el futuro. No hay forma de hacerlo si no es a través de sistemas. Lamentablemente los sistemas no son tan simples como quisiéramos, pero vale la pena no dejarse tentar por cosas simples y efímeras. La manida frase de “vino para quedarse” no es válida en economía.
Yo pienso que nuestro ecosistema pastoril es algo valioso a conservar, Junto al extraordinario campo natural que tenemos, es posible desarrollar sistemas con pasturas sembradas que funcionen apoyándose mutuamente con la agricultura.
La agricultura en Uruguay tiene un destino indisolublemente ligado a la ganadería. Es una pérdida de tiempo contraponer ambas actividades. Lo sensato es ganarlo pensando en la manera de crear sistemas dinámicos que se adapten a las realidades cambiantes. Si somos capaces de hacerlo, aprovecharemos oportunidades y conservaremos los recursos. De lo contrario actuaremos reparando daños o aceptando deterioros irreparables.
Me parece que depende de nosotros y cuando digo nosotros es un plural grande con productores, técnicos, investigadores, inversores, docentes, funcionarios públicos, empresas de insumos, agremiaciones, etc.
Creo que nos va la vida en entender que las actividades individuales o sectoriales tienen que tener un límite en la definición del concepto de bien común que sepamos darnos como nación libre.
Poder decidir libremente esos límites, es la mayor expresión de libertad posible de una sociedad democrática. Para poder hacerlo hacen falta dos requisitos: inteligencia y un sentido del bien, ambos disponibles y a mi juicio abundantes.
En el momento que termino de escribir diría que mi cerebro es pesimista y mi corazón es optimista. Metamos corazón en estas ideas.
Fuente: Diario El Avisador
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